Luís Martínez Reche

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                            EL INSOMNE


     

    Luis Martínez Reche

    luis

    Debo confesar que si tuviera que enjuiciar como crítico literario a un poeta me vería metido en un serio aprieto.

    Dos razones avalan mi confesión: la primera es que no soy crítico literario. Y la segunda es que opinar sobre la relación de los sentimientos escritos, esos que te llevan y te traen sin saber a ciencia cierta si “los pechos son de nácar”, o por el contrario se refiere a algo parecido explicado en plan metáfora…, pues que no lo veo.

    Es que un servidor, en su confesada ignorancia, se queda a bastantes niveles, acaso a ras del suelo, perdido en los meandros del alma propia si trata de ponerse a la altura del poeta. O por lo menos de algunos, como podría pasarme con Julio-Alfredo Egea Reche.

    Pero es que después de leer su Antología biográfica, La Rambla, debo admitir mi admiración por la claridad de su prosa, no exenta de ironía, mezclada sabiamente con cierta guasa educada y controlada. Maneja multitud de datos fruto de su memoria, de un ordenado archivo, o de las dos cosas.

    No he podido por menos que reírme con la anécdota del avión que lo llevaba a Melilla a un certamen poético. Debido al exceso de carga el avión revoloteaba sin lograr levantar el vuelo. Finalmente lo consiguió, con el susto de los pasajeros metido en el cuerpo. Las musas no habrían sido capaces de responsabilizarse de un final tan poco romántico.

    Años después un grupo selecto de gente de Chirivel, esos que vuelan sobre los locos cacharros conocidos como ultraligeros, invitó a un paseo por las nubes a Julio. La tentación, el atrevimiento por la aventura incierta para una persona ávida de nuevas experiencias lo llevó a aceptar. Debido a la sobrecarga –si en Málaga el avión a reacción se las vio para empinar el morro, qué decir de un elemental motor a gasolina– el aparato no pudo levantar el vuelo, arremetiendo contra una plantación de almendros. Solo quedó en el susto. Las musas se apiadaron otra vez de nuestro poeta inquieto.

    Conozco a Julio desde que tengo uso de razón, lo cual no aclara nada. Digamos que le seguí la pista con alguna intensidad cuando fue alcalde de Chirivel y durante algunas fases de su mandato como regidor colaboré con él, modestamente. Me huelo, después de leer este libro, que como granjero no tuvo sus mejores días de gloria, en cambio sí acertó como cazador de conejos, liebres, ojeo y monteo vario. Amante de la Naturaleza, de las personas y de la Vida. Una mezcla, la de granjero, político, versador y chateador difícil de conjugar, que finalmente desembocó en el parto natural, que no era otro que el de ser cantor del alma.

    Si leo a Julio:

    * A veces estoy mudo, meditando en tu vientre, lentamente penetro cercanías de gracia (de la Nana y el Grito) –puedo admirar la capacidad del autor para ver lo que otros intuimos.

    Si al poeta Valente:

    * Sombra de quién preguntas, en las callejas húmedas de sal. No hay nadie. La noche guarda ciegas, apagadas ruinas, mohos de sumergida luz solar. La noche. El sur…, – también me pierdo.

    León Felipe me “pone”:

    * Yo no sé muchas cosas, es verdad. Digo tan solo lo que he visto. Y he visto: que la cuna del hombre la mecen con cuentos, que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos…, –no puedo reprimir el grito interior de protesta

    lee

    , algo en donde me veo.

    La mujer de Julio, Patricia, suelta la carcajada: amplia risa, queda sonrisa educada, cómplice, admirable siempre, educación esmerada, madre coraje, mujer que espera…

    Julio le rinde homenaje en solo unas líneas grabadas en su lápida que me conmueven:

    * Ella siempre me esperó, ella me espera.

    La Torrecilla, 21 de mayo de 2017

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