Luís Martínez Reche

    luis

    La madre, así en general, a veces no tiene quien le escriba como en el relato del escritor colombiano, porque ya no está, y según la mercadotecnia al uso, tampoco tiene quien la recuerde y para eso se inventan efemérides como el del Día de la Madre. Deberían pensar quienes así instruyen, que a los hijos no se nos olvida la nuestra por mucho que sea el tiempo transcurrido desde que la vimos por última vez. Ese instante que como un flash el tiempo se detuvo, le dijiste adiós con un par de besos a cada lado de su cara –esos besos sentidos, labio contra mejilla, dos– sin pensar, ni sospechar por lo más remoto que la siguiente vez que la vieras solo sería el rostro helado que te heló de pies a cabeza.

    Veo un retrato en una composición del fotógrafo profesional: mi madre con sonrisa abierta –pelo rizado rozando ligeramente los hombros, raya al centro –, me sostiene sobre su rodilla izquierda apretadas las dos manos sobre mi cuerpo. Apoyada contra su rodilla derecha, mi hermana mira al fotógrafo, no al objetivo, la boca abierta, expresión bonachona. Todos muy abrigados porque es posible que aún estemos en invierno o recién entrada la primavera.

    En otro pasaje bastantes años más tarde interviene un amigo, mi madre ya no está. No hay conexión aparente entre uno y otro salvo ligeros y alejados lazos familiares cuyo vínculo se me escapa.

    Del amigo queda prácticamente nada, excepto hijos, nietos y un epitafio –a mi parecer bastante descomprometido –que dice escuetamente “que fue un hombre bueno”. No es poco, tampoco mucho. Queda el recuerdo de un hombre educado, sociable, caminando por el pueblo, siempre solo, a veces con su perro y no sé si alguna grabación sonora de las intervenciones que hizo cantando desde el coro de la iglesia del pueblo el Ave María o Noche de Paz.

    * Cuando más conozco a las personas, más quiero a mi perro –venía a decir justificando la presencia de su compañero, testigo de confidencias.

    La valoración que hacía de animales y personas quizás fue fruto del desamor y la decepción que le tocó vivir durante casi media vida. A su manera era un filósofo y no de gramática parda. La vida le había sacudido fuerte. Volvió a sus raíces buscando calor y no me refiero al físico.

    Tenía él 68 años cuando le hice una foto que conservo con cariño.

    En ella vemos a un hombre de magnífico aspecto. El pelo blanco, lacio, le cuelga tapándole las orejas y parte de la incipiente calva. Ese día hacia aire y parte de los mechones le cubrían un ojo pero no tanto como para poder percibir la mirada de un hombre afable, altivo sin soberbia, pulcro, color de piel ligeramente morena –viste americana clara de entretiempo, pajarita negra y el periódico que oculta parcialmente tras los brazos cruzados.

    Pero mi relación anecdótica con él viene como consecuencia de dos sucesos. Antes debo decir que mi amigo era de los que veía cuando miraba y escuchaba cuando oía. Sabía cuándo sufrías y valoraba las manifestaciones de afecto aunque solo fuera el detalle de ponerle la mano encima del hombro.

    En una ocasión su coche lo dejó tirado. Apenas lo vi conducir y para un urbanita como él amante del caminar y la vida al aire libre, un coche era un trasto al que se le introducía una llave y poco más. Aquella mañana el motor no rugió. La batería no respondía. Le ayudé buscando unos cables, conectando pinzas, hasta que se puso en marcha. A partir de ahí me convertí para él “en el buen samaritano”. Nunca lo olvidó.

    Yo tampoco olvidé sus palabras de consuelo cuando murió mi madre. Él sabía el hueco que había dejado su desaparición, lo notaba en mis ojos.

    panta

    * Tus hermanas serán la madre que has perdido, ellas serán quienes te protejan en caso de necesidad –vino a decir.

    Ya no hay madre ni amigo a quien escribir, pero me gusta hacerlo.

    La Torrecilla, 14 de mayo de 2017

     

                                                      La torre vigía de la Torrecilla reflejada en el agua de un pantano. Es el mes de abril.

    Luís Martínez Reche

    luis

    El Parlamento de Portugal aprobó en una votación histórica el pasado 22 de diciembre un nuevo estatuto jurídico que reconoce que los animales son "seres vivos dotados de sensibilidad y objeto de protección jurídica" (y no "cosas", como hasta ahora). Pese a que se aprobó hace más de cuatro meses, ha entrado en vigor este 1 de mayo, y ahora se presenta un amplio abanico de consideraciones jurídicas y judiciales no tratadas hasta este momento, como con quién se queda el animal en caso de divorcio. (Noticia de prensa)

    Los animalistas –curioso término para designar al grupo que defiende a los animales, según entiendo con una gran carga peyorativa. No me gusta por el sufijo, que me conduce inevitablemente a pensar en posturas extremas: fundamentalismos, radicalismos…– estarán de enhorabuena. A partir de aquí, el parlamento portugués tendrá que desarrollar una Norma que recoja aquellos casos donde los animales ya no son “cosas”.

    Yo siempre he creído que los animales –y ahora pienso en los perros– tienen sentimientos. Pero cuando se lo he plantado a un católico rechaza mi teoría añadiendo que un animal no tiene alma. Condición imprescindible para achacarles tal condición.

    * ¿Y por qué un perro detecta cuando estamos tristes? ¿Y por qué cuando una paloma de esas que les llaman “las ratas del aire” cae abatida dejando sola a su pareja, ésta durante los dos días siguientes no se separa del cuerpo sin vida? Eso en el supuesto de que antes no llegue el gato o una zorra y se la ventile por el artículo conocido como necesidad vital.

    * No insistas… –responde mi interlocutor –,no se pueden comunicar a través de la palabra.

    Larry el Largo me fue presentado a través de unas fotos primero y después en la imagen en movimiento de un vídeo casero. Parece que quería agradar en parecido sentimiento al de su dueña que lo ejercitaba enseñándole a traer cosas con ligeras y escuetas órdenes verbales.

    * Anda, si ya verás cómo termina enseñándolo a fregar los platos… hará méritos para caer bien aunque ahora se le mira como a un bicho raro –comentó alguien cercano.

    Llegó liviano de equipaje. A sus tres años de edad solo conocíamos de él el nombre. Sin apellidos. Como diría mi padre recordando a un personaje del pueblo conocido por el sobre nombre de “El Folio”:

    * Eses es hijo de padre putativo –y se quedaba tan pancho.

    Parecía que bizqueaba. Que miraba algo atravesado. Ahora que lo conozco, entiendo que es tan serio y mira tan por derecho que puede confundirse esa parte de su anatomía con un defecto físico. Nada de eso, es un perro serio. No entiende aún que para estar donde está debe aceptar pasar por el lavado en profundidad y estar presentable. Se resiste y manifiesta su queja con un ligero gruñido.

    Interesado por él, pregunté las razones de su aspecto desvalido.

    * Es que es un perro-flauta, que después ascendió a perro-patera porque compartía piso con unos emigrantes ecuatorianos –me dijo la dueña, para añadir a continuación –aprende rápido a ser un perro-burgués.

    * Bueno –respondo –, no es perfecto ni tampoco motivo suficiente para llevarlo al siquiatra: ese es un detalle parecido al que ostentan algunos personajes de la nueva clase política que se definen como antisistema.

    Aprende rápido porque la dueña es partidaria del sistema pedagógico que estableció la Institución Libre de Enseñanza. Solo le aplica ligeras correcciones más bien de tipo educativo. Es posible que con el tiempo aprenda a pedir las cosas, visto lo fino que es.

    Una noche de verano descansaba Larry confortablemente instalado en su cesto de lana, el borde rígido del mismo le permitía apoyar la cabeza dejando el hocico al aire. Tenía los ojos abiertos, por lo que un entusiasta animalista diría que estaba reflexionando.

    larry

     Sentado a su lado le quise acariciar el hocico tocándoselo con mi dedo gordo del pié. Le debí de tocar las narices más de la cuenta porque en un santiamén me pegó un doloroso mordisco, aunque sin clavarme los dientes

    Fue la prueba irrefutable de su condición humana.

     

    La Torrecilla, 6 Mayo 2017

    luisEn una boda que celebraban unos amigos a la que estaba invitado, vi la posibilidad de hacer una foto que ejemplificaba la unidad de esa familia. El encuadre se inspiraba en aquel cuadro de Genovés conocido como El abrazo, símbolo de la reconciliación y solidaridad entre los españoles que vivimos de cerca la Transición allá por el año 1976.

    Mi “abrazo” recogía la actitud de parte de una familia que de frente a un grupo de personas, espontáneamente se ciñen de la cintura. Ahí están representadas tres generaciones en torno a los cabezas de familia y es una muestra más de que la imagen tiene un significado que trasciende de la mera postura. Postura no es lo mismo que postureo, o impostura.

    En la postura, el protagonista se supone que es consciente de que al posar, su imagen reflejará su grado de satisfacción o alegría por el momento. Puede ser que esté aparentando lo que no siente, con lo que estaremos ante un ejemplo de fingimiento, adoptando una pose que no es auténtica, o bien cayendo en la impostura, sin más.

    Cuando llevo más cincuenta años haciendo fotos, puedo decir que he visto comportamientos de casi todo tipo, y la experiencia corrobora que aquellos niños de ceño fruncido, gesto hostil hacia la cámara desentendiéndose de la trascendencia del momento, incluso acompañando su fastidio regalando una mueca de desagrado, sacando la lengua o volviéndose de espaldas, de mayores han seguido actuando igual. Las generalizaciones tienen sus excepciones, obviamente.

    La proyección de la imagen gestual tiene su explicación en sicología. Podemos justificar la mueca consciente pensando que un mal día lo tiene cualquiera, pero si se repite durante años es que algo esconde. Es como ese amigo que lo has fotografiado cientos de veces a lo largo de docenas de años, con un cigarro en las manos y, que el día menos pensado nos sorprende desagradablemente con el anuncio de una enfermedad relacionada con el hecho.BODA

    Una madre abraza a su hijo adolescente y lo mira arrobada comiéndoselo con los ojos. El hijo, algo indolente por ese desdén innato de la juventud en la creencia de ser merecedor de todo, se apoya en el hombro de la madre y la mira en este caso también sonriente y divertido. Esa misma madre posa alegre y desenfada, elegantemente vestida en el puerto de Almería poco antes de iniciarse la Guerra Civil. Blanco sobre negro. Pero siempre en positivo.

    El abrazo”. Instantánea del autor en una boda del año 2016

    En otra familia se suceden dos instantáneas seguidas. Es un momento que podemos considerar casi “histórico”. Casualmente a pesar de intercambiarse las posiciones, solo uno de los miembros aparece abrazado a cualquiera de los otros que permanecen en posición de introversión gestual –si se me permite el palabro–. En un caso los brazos están cruzados, en otro colgando o metidos en los bolsillos. El desinterés es evidente.

    Finalmente, apuntar que tampoco es cuestión de llegar al extremo de aquella pareja del papel rosa que cuando se enfrentaba a una multitud de cámaras que los acosaban, él decía en murmullo bajo dirigido a su pareja:

    * ¡Dientes, dientes!

    La procesión iba por dentro y a pesar de la impostura, todo el mundo sabía que estaban maldiciendo a medio mundo. Eso sí, entre dientes.

    Nota: Homenaje y recuerdo a mi madre a los 30 años de su desaparición.

    La Torrecilla, 16 de abril de 2017

    © 2017 .Asociación Cultural CULTURA Y MUJER.

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